The Comebacks

Siempre olvido lo enorme que es el mundo.
Para uno viniendo desde China, no podría haber un punto más lejano que Chile. Siempre son cerca de 40 horas (y más) de viaje, de interminables cambios de avión, de cambios de horarios insufribles. Pero sólo al ver la tierra pasar por debajo, verla cambiar gradualmente, ver el sol ocultarse y volver a salir en cosa de pocas horas. . . es cuando realmente se siente lo inmensamente distinto e inmenso que es.

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El último semestre he estado súper desconectada, me ha servido un montón. Aprendiendo a hacer mi propia vida, sacándole el jugo a más no poder a lo que estoy aprendiendo. Pero ahora que estoy en Chile, estoy tratando de actualizar esto y ponerme un poco al día con todo. Me está costando, jaja.

Me he dado cuenta que cada vez que vengo me gusta un poco más. Me da un poco de susto si, eso de sentir el  “querer quedarme”. Se me desorganiza todo un poco. Internamente hablando. Cada vez siento la brisa del aire distinto, la comida sabe cada vez mejor. . . y es que hay tantas cosas que extrañaba o que casi sólo había probado en mi memoria. Cosas que extrañaba a tal punto que no me había dado cuenta hasta estar acá otra vez y es como una avalancha de emociones que no sabía que tenía. Y supongo que uno se las traga cuando vive fuera. Uno no se da cuenta o prefiere olvidarlo, es más sano. Siempre lo dije antes y lo vuelvo a decir ahora. . . y es que es casi un recuerdo de una vida pasadaRealmente vivía aquí. Tuve una vida entera, amigos, recuerdos de tantas cosas grandes y pequeñas. Lugares que recorrí, que sin pensar los puedo caminar de memoria sin siquiera haber recordado sobre ello en los últimos años. Memorias casi musculares, olores que me traen tantos recuerdos, rayos del sol, baches en el suelo, posiciones de los árboles. . . todo. Todo.

Todo es algo que había olvidado sin querer, pero están aquí y las recuerdo tan vívidamente como cuando las viví por primera vez. Algo que estaba enterrado súper dentro mío, y se me presenta aquí, una vez más. Como el mejor sueño materializado. Como si nunca me hubiera ido.

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Vivir en el extranjero, sola, es una experiencia súper agridulce. Hay tantas cosas que se pueden aprender, tanta libertad, tantas experiencias nuevas que no podrían aprenderse de otra manera. Y lo sé y lo valoro por eso mismo. Pero es una vida solitaria. Es un constante empezar y empezar otra vez. Hacer amigos nuevos, despedirlos, hacer lazos una y otra vez. Comenzar y comenzar años académicos difíciles y súper absorbentes. Y no hay a quién pedirle ayuda. Aprender a hacerse de rutinas, aprender a hacerse de lugares que te hagan sentirte más agusto, más “en casa”. Pero esa “casa” nunca está realmente. Esa casa sólo se recuerda, sólo es algo que uno puede volver a encontrar en recuerdos (o de lleno volver a ello físicamente) pero no es algo que se pueda crear, no es algo que lo pueda sólo encontrar. O se crea. . . o se vuelan 50 horas en avión cada vez. Es un poco agotador.

Soy una persona bastante solitaria. Me gusta salir sola, tener tiempo para mí, hacer mis cosas sin que me apuren. Casi que me dejen tranquila un rato y así poder recargar energías para lidiar con la gente. Leer, escribir, jugar en mi pc. Pero he aprendido que soy re dependiente también -para otros aspectos-. Siempre he necesitado de un poco más de apoyo, de un poco más de ayuda, de un 加油!constante. Y no creo que lo hubiera logrado, no hubiera llegado TAN lejos sin J. De seguro. He llegado a encontrar ese sentimiento de familiaridad que tanto me faltaba. Podemos depender el uno del otro y seguir avanzando. Las diferencias no podrían ser más grandes, de costumbres, de creencias, de idiomas, de cómo comer en la mesa o de a qué hora bañarse. Pero todo me hace enormemente feliz.

Mi último examen lo tuve un día martes y esa misma semana, el día sábado 27 de Enero, emprenderíamos nuestro viaje, juntos, a Chile. Más allá de mi infinita emoción de volver, de pasar un verano acá, de ver a mi familia y amigos. . . me tenía súper emocionada el hecho que para J era la primera vez que viajaba tan lejos, que iría a conocer una cultura totalmente distinta a la suya. Me hizo recordar a la Pan del 2013-2014, que con 21 años apenas, que agarró un avión, todas sus maletas con sobrepeso y se las dio de valiente. Cruzó la tierra, sola, y llegó a China sin saber casi nada (leer entradas anteriores). La primera vez es una experiencia tan pero tan magnífica. Es como vivir una película. Es como ir narrándose una historia épica que nadie más puede escuchar.

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Nuestro vuelo salía desde Shanghai(上海) a eso de las 12.20 del mediodía y ya que desde Nanjing(南京) son más menos 3 horas de viaje, optamos por tomar un tren la madrugada de ese mismo día y así llegar a tiempo. Cómo íbamos a saber que justamente ésa semana había comenzado a nevar y que justo el día que habíamos de salir se puso a nevar otra vez. Las calles estaban VACÍAS. Y sabrán que en China eso casi nunca pasa. Nos quisimos ir a la segura y optamos por ir a la estación de trenes un poco más temprano. B, mi amiga argentina (y también compañera de clase) también viajaría a su país y casi que salíamos a la misma hora desde Shanghai, así que nos juntamos todos en el Mc Donald’s de Ninghai Lu(宁海路) (que está a un costado de nuestra universidad) y nos organizamos a tomar un taxi. Para nuestra suerte no fue difícil encontrar uno, pero éramos 3 y cuál de todos llevaba más peso. Por suerte el chofer era re simpático y nos llevó a todos apretados. Pensé que mis botines me protegerían lo suficiente, pero entre cargar y cargar cosas terminé con todos los zapatos mojados. Y los -9 grados que hacían para entonces lo haría todo mucho más terrible.

Llegamos a la estación rápido y la nieve no paraba de caer. Pasamos por seguridad y aún teníamos una hora para la salida del tren (3.30 am). Nos sentamos juntos a esperar y por su puesto los Chinos se deleitaban mirándonos sin vergüenza. Parándose frente a nosotros y mirándonos como si fuera su derecho. Es algo que he llegado a detestar con mi alma a decir verdad. Y quizás producto de todo el estrés y ya haber pasado demasiado tiempo en China sin salir. . . pero me sentía ya como una olla a presión. Y éste tipo de actitudes de verdad que me hacen estallar. Si hay algo de lo que estoy agradecida este semestre es de haber conocido a B. Que si bien estamos en la misma clase, somos las únicas latinas, las únicas que hablan español y que además somos como “vecinas” ella también comparte muchas (o casi todas) de mis opiniones respecto a los Chinos. Es algo con lo que nunca me he sentido muy comprendida con J, pero con B siento que al fin hay alguien que me entiende y con quien puedo odiar al mundo tranquila.

Nos dieron las 3.30 y nos acercamos a la entrada para ver que tal. . . no lo podíamos creer. Arriba del andén decía que TODOS. TODOS los trenes desde las 12 de la noche venían atrasados. Eran casi 15 trenes antes que el nuestro. Nos empezamos a asustar. Yo ya me imaginaba todo el panorama de perder el vuelo gracias a la nieve. Teniendo que devolvernos a la casa sin nada. Todo gracias a la nieve.

Dieron las 4, estábamos muertos de frío. Dentro de la estación de trenes de Nanjing no hay, no existe la calefacción. Tenía todos mis zapatos y calcetines mojados. Dieron las 4.30 y nada todavía. La estación estaba llena y noté que unos asientos más atrás había un chino durmiendo sentado al lado de un barril enorme de pintura (de esos redondos y blancos) y de aburridas empezamos a apostar sobre qué cresta podría llevar un chino en un tarro de pintura dentro de un tren. Fue super extraño porque no era el único chino que llevaba uno !

Al parecer éramos los únicos extranjeros de la tierra. Ya no dábamos más. Llegaban algunos trenes, pero del nuestro ni luces. Ni siquiera figuraba en la pantalla. Empecé a llamar a mi mamá, a ver si podíamos cambiar el vuelo o algo. Nos pusimos todos idiotas, estábamos desesperados.

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Dieron las 5. Las 5.30. Pensamos en ir a la otra estación de trenes, que alguien escuchó que quizás tendrían más andenes, quizás podríamos comprar otro ticket. . .
Dieron las 6 de la mañana.
Ni siquiera podíamos dormir del frío que hacía. Empezamos a bailar, a hacer pasos de rap o de Taekwondo, todo para dejar de tener frío. Al fin, al fin a las 6.30 de la mañana suena por el altavoz que nuestro tren, el maldito tren de las 3.30 am llegó. No lo podíamos creer. Agarramos todas nuestras cosas y corrimos al tren. Empezamos a picarla. Todos con los teléfonos ideando cuál sería la mejor ruta para llegar al aeropuerto. Desde la estación de trenes hasta el aeropuerto de Pudong(浦东) es UNA HORA Y MEDIA en metro. O podíamos tomar un taxi (pero si había tanto como en Nanjing era una oportunidad de 50/50) y nos la jugábamos con eso, o nos íbamos a la segura con el metro de hora y media (llegando casi con 20 minutos antes que saliera el avión). A esas alturas ya no podía pensar, no podía tomar decisiones sobre cuál era la mejor opción. Dormitamos un poco en el tren y apenas anunciaron el término el viaje. . . corrimos como más no pudimos a agarrar un taxi. Íbamos a por el todo o nada. Por suerte no había fila para tomar uno y era tan grande que cabíamos los 6 (las maletas con peso humano) cómodamente. Le dijimos al chofer que por favor, que íbamos atrasados, que la picara.

Me quedé dormida en el taxi. Y no sé a qué carretera interdimensional habremos ingresado, pero cuando desperté habíamos llegado al aeropuerto EN 35 MINUTOS. Me sentí TAN aliviada. Todo por lo que la corrimos, todo por lo que nos estresamos había valido la pena. No lo podíamos creer.

Cada uno fue a hacer sus check-ins en sus respectivas aerolíneas y una vez cruzada policía y rayos-x nos juntamos dentro. No podíamos más de cansancio y de alegría. Lo HABÍAMOS LOGRADO. Logramos algo que en cifras era REALMENTE imposible !

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Nos despedimos e ingresamos al avión. Para J era la primera vez que estaba dentro de un avión tan grande. Yo no podía más de emoción. Por suerte habíamos elegido asientos mucho antes y en todos nuestros vuelos tendríamos al menos una ventana, siempre sentados juntitos.

El avión comenzó a moverse y prometimos que sería una aventura increíble. Con el despegue siempre he tenido un problema tremendo, pero con J al lado todo se hace mucho más agradable. Una vez en el aire, nos dieron el almuerzo que tanto necesitábamos. Café, cerveza, tés calientitos. Comimos de puro cerdos antes de dormir. Nos arropamos y ya no despertaríamos hasta casi llegar a nuestro destino. Fue un vuelo de 14-16 horas bien tranquilo hasta Detroit, en Estados Unidos. Interminable como él solo, pero sin turbulencias y siempre con una atención impecable. J se tomó todas las cervezas y cognac que pudo y yo disfrutaba mis cafés (que en Delta son todos de Starbucks). Fue primera vez que no me tocó un viaje de día y no fue mucho lo que pudimos ver por la ventana. Pero nos vimos todas las películas y leseamos juntos un montón.
Como en las películas que siempre veía. . . era primera vez que estaba “volviendo a casa con mi novio”. Había una cierta satisfacción en ello.

Fueron sólo dos horas de escala en Detroit y luego volamos otras dos en dirección a Atlanta. Allí tendríamos casi 6 horas de tiempo muerto para estirar un poco más las piernas y vitrinear. Siempre he odiado esos vuelos cortos dentro de U.S.A., fueron apenas un par de horas pero el avión es tan pequeño y siempre es sólo un sólo pasillo para circular que hace todo mucho mas lento y tedioso. No dábamos más a ese punto. Hacíamos lo imposible por no quedarnos dormidos y “juntar sueño” para poder dormir en el avión e ir acostumbrándonos a la fuerza al nuevo horario Chileno.

El siguiente vuelo fue el más largo. Al menos se sintió así. No hallaba la hora de llegar. A pesar del cansancio seguía despertando cada cierto rato. Empezaba a ver una película y me volvía a quedar dormida. Con los primeros rayos de sol empezaron a darnos desayuno y empecé a notar que varias de las cosas que nos daban eran Chilenas. Era la segunda vez que veía la cordillera después de tanto tiempo, pero ésta vez no estaba nevada sino que radiante, enorme, mucho más visible y clara que la última vez. J no podía creer lo enorme, lo larga que era. Me daba aún más emoción. Cuando quedaban ya 30 minutos para aterrizar el avión empezó a descender rápido casi como si entendiera la necesitad de todos a bordo de llegar lo antes posible.

Ésta vez no hubo aplausos, no hubo un anuncio por el altavoz. Sólo nosotros, muertos de cansados, pero aún enfermos de ansiosos de salir lo antes posible. Ése día había un sol radiante, corría una brisa fresca. Corrimos a buscar nuestras maletas y ahí estaba mi familia, saludándome y haciéndome gestos a al distancia, esperando que saliéramos. Los únicos que me sonreían de entre la multitud, pero era lo único que importaba.

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