De encuentros extraños y conversaciones sorprendentes en China

Hoy, como todos los sábados desde hace ya unos meses, terminé la clase particular que doy de español a una chica de 22 años. Creo que hoy por primera vez fui capaz de escucharla y dar mi opinión sin enojarme para mis adentros y sin estar a punto de parar e irme. De los más de dos años que llevo acá jamás había tenido la oportunidad, como ahora, de hablar tan casualmente de cosas de la vida, de puntos de vista: como lo puedo hacer ahora. No soy ninguna profesora ni tampoco tengo experiencia previa, pero hago lo que puedo. Son clases de conversación después de todo. Los temas a conversar son bien livianos, pero poco a poco nos hemos ido haciendo un poco cercanas y dentro del mismo tema podemos profundizar un poco. A veces no entiendo el tipo de respuestas que me da, no sé si será el mal lenguaje aprendido, que espero que lo sea, pero de pronto me comenta unas ideas tan. . . tan distintas. Tan absurdamente distintas a lo que uno cree y vive creyendo. . .
Hoy por primera vez traté de verlo con un poco de altura de mira, de tratar de entenderla con calma del por qué me está respondiendo tal y no otra cosa. Corrí a mi casa casi con miedo de olvidar lo que pasó y me senté aquí a tratar de plasmarlo, de no olvidarlo un poco.

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Ya he contado en entradas anteriores como ha sido el encontrarme con estudiantes chinos, jóvenes, y escuchar qué tipo de cosas piensan: debo admitir que siempre fue con desdeño, con una gran mirada en menos de “qué clase de argumentos son éstos“, “qué van a saber ellos de la vida real“. A medida que uno vive en el extranjero uno no sólo se vuelve más abierto, más tolerante a las cosas, más dispuesto a entender lo ajeno. . . uno también se vuelve más cerrado, más aferrado a los estereotipos que uno tiene, más de lo que nunca pensaste que podrías llegar a hacerlo. Y me da rabia conmigo misma. Una espera volverse la más abierta de mente, y es re fácil decirlo, pero a la larga. . . todo es mucho más complicado de lo que parece.

Hoy hablando sobre la educación y del “qué podrías hacer tú si te dieran la oportunidad de cambiarlo“, me comentó como si nada que cuando iba en secundaria una de sus compañeras se suicidó (porque no pudo lidiar con el estrés del estudio, supongo). Como si fuera normal, como si fuera algo que se ve a diario en la tele. No pude evitar quedar boqui-abierta y seguir preguntándole al respecto. En China tienen una obsesión enfermiza con el estudio, al igual que Japón y Corea del Sur. Tanto así que es lo principal en sus vidas: tener buenas notas y aprender mil cosas a la vez te permite entrar a una mejor universidad y por consiguiente (supongo que es la ecuación que hacen) tener una mejor vida. La universidad a la que entras decide tu futuro: la gente con la que te relacionarás, las conexiones que vas a hacer y que te permitirán postular a un buen trabajo. . . y todo parte desde la primaria o incluso antes. Los chicos chinos son de ir a clases desde las 7a.m. hasta las 6p.m. (más menos) y luego llegar a la casa a hacer tareas hasta las 10p.m. . . . y cuando no, ir a sus clases extra-curriculares para volverte un genio en piano o en baile o en lo que sea, o todo junto. De todas las veces que lo he conversado con otras clases que tengo: ellos nunca tuvieron esa cultura de barro, de jugar con los amigos del vecindario, de jugar a la pelota o ir a tomar once con los amigos. Menos dentro de casa, ya que casi todos son hijos únicos.

Le pregunté que: “qué haría ella al respecto”, “qué cambiaría para que más niñas no sufrieran tanto”. Pero me respondió lo que temí tanto que me dijera: que si bien es una pena, como dijo ella, los requerimientos escolares y en la vida “de los chinos” son muy altos, y si uno no es capaz de mantener el paso. . . no hay nada que hacer. “No soy nadie, no soy el presidente como para poder cambiar las cosas, porque tampoco sé que es lo mejor para mi país“. Y le insistí como mejor pude: “Si te dieran la oportunidad, si le dijeran a Javiera (como la nombraré hoy) que hoy puedes cambiar algo de la educación de tu país. . . “- Pero nada. Me siguió repitiendo lo mismo. Casi como si tuviera miedo de pensar algo distinto, casi como si tuviera miedo que alguien más la escuchara. O lo que más me aterra: casi como si no pudiera pensar algo distinto a lo que le es dado.

Le comenté que en Chile y en el extranjero, que en todas partes menos en China, si hay algo que no satisface a la población, si hay algo que puede cambiarse: la gente peleará por ello. La gente es capaz de salir a la calle (de una manera pacífica o no) a exigir un cambio. Y de no poder hacerlo, reclamar, cambiar las reglas, exigir algo distinto. Crecemos creyendo que el mundo es nuestro, que podemos cambiarlo si nos lo proponemos. Pero es como si ella lo creyera imposible, como si fuéramos unos dementes que “jamás estamos conformes” con lo que se nos da.  Me habló de Confucio, oh, maldito Confucio, que nosotros somos “papeles en blanco” que debemos tomar lo que se nos da y soportar todo lo que sea difícil sin chistar ya que eso nos hará mejores personas y valorar lo que tenemos, todo es un aprendizaje, por más duro que sea. Y todo me hace sentido, el régimen político, su carencia de un montón de derechos fundamentales como la libertad de pensamiento. . . todo lo basan en las palabras de uno más de esos que hablan mucho y acallan las voces de la gente. Ya no sabía que decirle. Me encontré sintiéndome súper desolada en un mundo incomprensible. Como vivir en el mundo al revés.

Me pareció. . . asombroso, sorprendente lo que es conocer a alguien con un punto de vista, con una filosofía de vida tan distinta a la de uno. Y quiero decirlo y sé que no es correcto, pero es éste sentir que “ellos están tan mal y no lo saben“, que viven en la ignorancia más perfecta, controlada por los que saben un poco más. Se callan, viven en esta normatividad que quizás ya ni siquiera es forzada. Está tan dentro de ellos el sólo aceptar lo mínimo, el quedarse con estas migajas que creen que eso es y ya. Por eso acá nadie reclama, nadie exige más. Nada cambia. Ni cambiará. Tenía una impotencia tremenda, tenía ganas de llorar. De agarrarle la cabeza y decirle que todo lo que piensa está mal, de que se compre un VPN (programa que uso para saltarme la barrera de bloqueo del internet en China) y busque noticias reales en internet, que se informe, que trate de formarse una opinión propia respecto a la vida. . . Pero ya sería demasiado, supongo. Y uno después se cuestiona si lo que uno cree es mejor, “más libre“, O será otro concepto del mismo tipo que tiene ella, inserto por otras personas, por otro viejo de mierda lleno de ideales que con los siglos se volvieron pensamientos insertos en nuestras cabezas occidentales. Quién sabe. Qué es la verdad.
¿ Tendremos tanta libertad como creemos que la tenemos ?

Suena terrible, me siento terrible al decirlo, pero a pesar de todo, quiero seguir pensando que no pueden refutarme nada hasta que estén en un mundo “libre“, cuando se informen sin un intermediario que manosee lo real.
Pero en realidad, ¿no vivimos así todos? ¿No tienen todos los medios de comunicación determinada inclinación política o inclinación de lo que sea?
No lo sé, ya no sé nada.

Creo que es parte de cada ser humano eso de creer que lo que nosotros creemos es lo correcto. Que los ideales que nos mueven son los que deberían de tener todos, de aferrarnos a nuestras ideas tan fuertemente, que aunque nos pongan el error y el fallo frente a nosotros: decidimos seguir creyéndolo aunque sea senda estupidez. Nos da estructura, nos hace ser quienes somos. Me hace entender un poco a mi padre, que la última vez que nos vimos tuvimos tantas discusiones respecto a lo mismo, y es que tiene tantos pensamientos arcaicos, ridículamente absurdos algunos, refutados hasta por la ciencia, hasta por la lógica. . . y el no cambia, aunque le presente las pruebas en papel, aunque se afirmado algo por el mismísimo Stephen Hawking, seguirá creyendo lo que sea que quiera creer.

Me parece absurdamente fascinante.

 

 

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